Comparto la historia de Anita: No mueras por depresión

Cuando Anita vino por primera vez a mi consultorio, me dijo que, según su médico, estaba a punto de morir. Tenía neumonía aguda y desnutrición severa; el uso constante de drogas ilegales había afectado su circulación sanguínea y tenía poca movilidad en sus extremidades; no tenía fuerza para resistir el tratamiento de varias infecciones y tenía muchas heridas nuevas y viejas, así como una depresión inexorable.

Anita pensó que no tenía salida y que (irónicamente) visitar a la psicóloga sería una locura. Ella no quería hablar, porque decía que era inútil, ya que no le quedaba mucho tiempo de vida, pero su madre la había obligado a recibir tratamiento. Aunque nadie sabe cuánta vida natural nos queda, si Anita pensaba que iba a morir pronto, era importante ayudarla a darse cuenta de lo bien que podía vivir los días que le quedaban.

Su madre la condicionó a aceptar tratamiento psicológico, dejar las drogas, salir de su depresión y mejorar su actitud, como última premisa, antes de declararla «loca» y echarla a la calle. Anita vivía en casa de su abuela, con su madre y su hija, todas madres solteras, pero ya no la soportaban, porque lloraba todo el día, les robaba para comprar drogas, descuidaba su higiene personal y vivía sin responsabilidades.

Hace unos años fue internada en una clínica de salud mental y había salido muy bien, pero ahora su hija la estaba volviendo “loca otra vez”, pues estaba esperando un bebé y ya no quería ir a clases por el bullying, no tenía apoyo del padre de su bebé (que no era su pareja) ni del colegio; le dolía pensar que podría seguir el mismo camino doloroso que había soportado cuando era adolescente.

Cuando empezó sus consultas, ella ni siquiera se sentía como un ser humano valioso. Recuerda una infancia solitaria y que cuando tenía diez años, su madre la mandó con una pareja como sirvienta; a sus doce años, el hombre comenzó a abusar de ella y su esposa a torturarla cruelmente, por lo que escapó y volvió con su madre, quien la recibió con indiferencia; trató de explicarle la dolorosa situación, pero no recibió apoyo.

Las drogas entraron en juego cuando ella intentaba deshacerse de ese dolor que le generaban sus aterradoras experiencias. Recuerda, entre lágrimas, que en más de una ocasión amaneció en un basurero local, semidesnuda y cubierta de moretones, sin saber qué había pasado la noche anterior. Se despertaba enfadada todas las mañanas, porque no encontraba ayuda ni sentido a su vida.

Usaba drogas para olvidar, pero después de su estado de euforia, las drogas la deprimían aún más, hasta que pensó en su suicidio, con un par de desgarradores intentos fallidos, que le provocaron algunas de las graves enfermedades que padecía. Al inicio del procedimiento sintió que todo era en vano, pero con el pasar de los días aprendió de su condición y pudo ver que una vida mejor era posible.

Anita volvió voluntariamente a las siguientes consultas psicológicas, recibió antidepresivos y también se sometió con éxito a un tratamiento de rehabilitación de adicciones. Apenas en dos semanas empezó a sentirse más tranquila, respiraba profundamente y sin dolor, disfrutaba del aroma de los árboles, saboreaba con gusto la comida y, siendo religiosa, dijo haber experimentado una resurrección.

Tenía signos de enfisema pulmonar, pero ha mejorado y con el tiempo estará completamente sana, gracias a su deseo de aceptar la vida como viene y con optimismo. La mayor parte del tiempo se siente feliz y todos los días da gracias por sus innumerables bendiciones. Su salud física y mental es excelente y aunque de vez en cuando se enferma, como cualquier persona, sus defensas siguen tan altas como su ánimo.

Después de unos meses de tratar a Anita, las notas iniciales de su médico parecen ser las de otra persona: deprimida, abusada, traumatizada, suicida, deteriorada, adicta… Ahora me pide que comparta su historia para ayudar a otras personas y disfruta visitándome; dice que ir a la psicóloga es como ir al dentista: «No es solo para curar, sino para prevenir y aunque a veces duele mucho, luego me siento mejor».

Si empiezas a sentir ansiedad o depresión, busca ayuda inmediatamente. La ansiedad y la depresión a veces son impredecibles, pero todo estará bien cuando tengas tu sistema de apoyo.


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